POESÍAS

Pepe Gómez

Autor

 

Con roja sangre sobre negros pergaminos,

Escrita esta la palabra que al poder atemoriza,

Cincelada a dentelladas por hombres rebeldes,

En lucha desigual contra el garrote asesino,

Vuela afirmada por vientos clandestinos,

En pueblos desamparados alumbra esperanza,

Son muchos quienes pretenden silenciarla,

Sus letras les asustan y quieren borrarlas,

Para que los oprimidos no puedan alcanzarla,

Y atesoren como gritos en sus gargantas,

Pasará de manos en manos empapando,

Macetas plantadas de cobarde silencio,

Y la flor de sus corazones ahogada,

Las semillas abonadas por nuevos pensamientos,

Se esparcirán por el universo arraigando,

La roja y negra palabra confederada: “Durruti”

 

Pepe Gómez  militante de la CNT-AIT Puerto Real

Me he sentido naufragar

Tantas veces.

Golpeado por el tronco de la vida

A la deriva.

Mis sentidos asediados

Confundidos.

Los rastrojos de la rutina

Me desaniman.

Las aceras de las calles ya no son

De los abuelos.

Los abuelos ya no envejecen

En sus casas;

Pasean por ellos indolente

El dolor.

El ascensor del hospital lleno

De silencio.

Los desaparecidos y fusilados

Olvidados.

Los discapacitados arrinconados

Marginados.

La Metamorfosis de Kafka

Al orden.

El esperma de la cordura

Se esfuma.

El color rojo, se transforma

En amarillo.

El amarillo más amarillo

Si cabe.

El sentido común abatido

Globalizado.

Doctorarse en buena gente

Imposible.

El obrero ya no sabe que es

Obrero

.Las tertulias obsoletas dan paso

Al gimnasio.

La palabra, transformada

En Megas.

Entonces,  me levanto,

Impregnado en sudores

De aceros.

Y desayuno:

El áurea mirada,

Dorada…

Del Orto de la mañana.

Y me elevo…

Sin remedio seducido

A la más alta cumbre,

Nevada…

De la humana esperanza

Somos el humano desierto: Él, tú, y yo.

De ojos oxidados; chirrían como su alma.

Observa el sublime bosque aquilatado:

Lujuriante de teca, caoba y sangre liberada.

Llora, lágrimas de mercurio, en cuencos acero;

Donde el oro fulgura, y acrisola irreverente.

El hombre de mirada herrumbrosa:

Como su alma, y ahítos, de sierras y máquinas.

Le supuran  los oídos con el magma,

De monedas acuñadas sin nombre.

El Quetzal, furtivo: pasa tornasolado;

En la certeza de un último vuelo.

Su larga y hermosa cola nos señala,

El sin-futuro: horizonte enmohecido.

Somos el humano desierto: Él, tú, y yo.

Chasqueando la lengua, burila su mueca.

Apoltronándose a horcajadas, sobre el lomo

Conquistado, de un nuevo desierto.

Leo, leo e intento escribir:

Lo hago con todas mis fuerzas.

Peregrino de impaciencia

Me encamino con presteza,

Al corral de mi torpeza

Donde anudo con firmeza

El lazo resbaladizo,

Que me alcance las palabras.

A su sombra, a hurtadilla

Las asalto con lectura.

Acortando las correas,

Introduzco las espuelas

De mis sanas esperanzas,

En el basto diccionario

Y en la sabia gramática,

Que enojados me derriban

Con rebelde ortografía,

Satisfaciendo mis hambres

De agudas rasmilladuras.

Leo, leo e intento escribir;

Lo hago con toda mis fuerzas.

Los poemas de Cernuda,

García Lorca y de Neruda;

Como flechas lanceoladas

Acuchillan mi ignorancia.

Las palabras me repudian,

No consienten mis lisonjas

Y me gritan enojadas:

¡Tú, cristiano inmemorial,

Que vanaglorias tu espada,

Sublimada en la meseta

De Castilla, y afilada

En la piedra más sombría:

La leyenda dolorosa,

De aquella España cristiana,

Por  López enaltecida

Y por Calderón cantada;

Sustraída a otras Españas:

La Judía y la Musulmana.

De hurañas y zafias viandas cristiana.

Herencia de un autócrata sistema

Y de muertos: la cultura preñada.

 

Una fastuosa cruz para sus caídos.

Fosas comunes para los vencidos.

Seminarios, cenobita, silencios;

Triduos, confesiones y chivatazos.

 

Los niños con los niños…con su cura

Las Niñas con las niñas…con su priora

Guillotina rabiosa y redentora

Para la masturbación…salvadora.

 

Cuatro veces al día y en el patio

Guardamos filas y en alto el brazo

Le cantamos a un Sol lánguido y mustio.

Cuarenta años de eclipse y bostezo.

 

Hermosos piojos en nuestros cabellos,

Anillados y a prueba de controles

De peines de carey a dos bordes.

Misas, clases, temores y castigos.

 

Ya en el comedor, nos sirven perolas

De  garbanzas y pintadas alubias;

De larvas de gusanos infestadas.

Y de postre: pan de higo y pasas.

 

¿Y la carne?: la carne de membrillo,

La única que con suerte alcanzamos.

Llegó la hora que todos esperamos:

El trozo de pan y el queso americano.

 

Por las tardes vamos a los talleres,

Hechos para los futuros obreros:

Herreros, caldereros, carpinteros…

Son los oficios de los perdedores.

 

Nosotros casi nunca conocimos

La suerte de los hijos verdaderos

De aquella fausta cruz sus herederos:

Médicos, arquitectos e ingenieros.

 

Tampoco el benigno significado

De prócer palabra: Universidad.

Nos sonaba a Barcelona a Madrid.

Como lejos, muy lejos… demasiado.

 

 

 

 

 

 

 

Con diez y siete años recién cumplidos,

Como aprendices de los astilleros

Comenzamos en los ásperos tajos

Las enseñanzas de viejos obreros.

 

Por nuestras calles  ya se asoman

Lorquianas capas de tinta y de cera.

Silencio, silencio…que ya se muestran

Y te piden… qué importa ¡a la galera!

 

Y pasaron los años y mis ojos,

Se inflamaron con las rojas pasiones

De un nuevo amanecer, mis ambiciones.

¡El dictador ha muerto! -en su trono.-

 

¡Ha llegado la ansiada democracia!

Y la fausta Cruz allá permanece

Osada, y la tumba de los vencidos

-Sin historia- vilmente olvidadas.

El elíptico horizonte

De nubes arreboladas

El otro lado del puente

Umbroso y vacío se muestra.

 

Tú me pides que regrese

Donde ya nada me queda

Y yo te contesto: adónde

Mis penas en qué maleta.

 

Dime cómo he de cruzarlo

Sin las almas africanas

Si la frontera del rico

La pobreza no soporta.

 

Europa ya no recuerda

Su roja sangre fenicia

Hija del gran rey de Tiro

Y del caro Cadmo hermana.

 

Será el óbolo de bronce

Quién acompañe mi lengua

Y Caronte  que se alcance

Los peculios de mi vida

 

Cada pueblo su castillo

Cada  castillo una enseña

Cada bandera una creencia

Cada religión su dogma.

 

El Mediterráneo que une

Es el mismo que separa

Costas de caudales llenos

De afanes por arribarla.

 

Cuando los barcos fenicios

De las caletas gaditanas

Naveguemos el Estrecho

Con los espaldas mojadas

Olearemos nuestras manos

Sobre fuegos de esperanza

Incendiaremos el solio

Del águila que esclaviza.

 

Serán los pobres del orbe

En sus hambres de justicia

Quienes la noche alambique

Del tósigo las barreras.

 

Me quedo en ésta orilla

Estimulando la hoguera

Que dé lumbre como un faro

A los sueños de pateras.

Recuerdo cuando pequeño

Que al cura le preguntaba:

¿Si el Señor todo sabía,

Sabiendo que me quemaba:

Por qué concibió a los hombres

Para sufrir en la hoguera?

¿Y si el Señor lo ve todo:

Acaso no le avergüenza

Observar en nuestras camas

Cuerpos desnudos que se aman?

 

El cura se reprimía

Sus labios le trepidaban

Y en sus bolsillos guardaba

Las futuras bofetadas

Que en el momento apropiado

Acompañarían mi cara.

¡Basta ya de hacer preguntas!

Muy enfadado afirmaba:

¡Las verdades de la Iglesia

Nadie puede cuestionarlas!

 

Cabizbajo me aparté

Sin comprender casi nada.

De verdades absolutas

Nunca entendí una palabra.

Por la tarde el mismo día

Marcialmente y en dos filas

Por los pasillos internos

A clase nos encaminan

-Y a mi amigo musitando

Le postulé una naranja.

 

El cura de las preguntas

Desde lejos atisbaba

Estirándose el pescuezo

Agriamente me apartaba

Dándome las bofetadas

Que en sus bolsillos guardaba.

Con lágrimas en los ojos

Y la cara alborotada

Improperios masticaba

Contra curas y sotanas.

Nunca alcancé comprender

A Moisés y su cayado

Su lucha por liberar

A su pueblo del tirano.

Junto Aarón su fiel hermano

-Su portavoz y ministro-

Diez veces citó al Faraón

Diez veces le amenazó

Con azotes fecundados

Por  la ira de su Hacedor:

Si le niega que su gente

Libres marchen cual nación.

Yahvé el puro y verdadero

Arruinó el reino de Egipto

Sin ni siquiera importarle

Inocentes sufrimientos.

Con una acerada nube

Y del áspid su veneno

Secó el hálito inocente

De sus hijos primogénitos.

Rojas las aguas del Nilo

De sangre sus sedimentos

Llenó de hambres los hogares

De miles de campesinos.

Su muerte no reconoce

El duro y honrado trabajo

De aquellos que desconocen

El poder de su martillo.

Moisés y sus partidarios

Ya libres se encaminaron

Atravesando el Mar Rojo

Hacia su ancestral desierto.

Cuatro décadas de éxodo

Buscando el Sol prometido

En lucha con otros pueblos

Afirmaron su destino.

Y en el monte Sinaí

Yahvé y su gran compasión

A Moisés le señaló

Con dureza su razón.

-Yo soy el gran Dios celoso

Que la iniquidad castigo

De los padres en los hijos

En cuarta generación.

Y Ramsés el gran faraón

Perseveró  durante años

Libre del Yahvé adorado

Libre de tan cruel espanto.

Y su tarea prosiguió

Construyendo monumentos

En Karnak y Abu Simbel

Y en Egipto gobernando.

Nunca alcancé comprender

A Moisés y su cayado

Que a los más pobres golpeó

Y al cruel Faraón perdonado

Vosotras, compañeras, mis hermanas

Sencillas; con el verbo y la razón,

Como lanza y escudo, os enfrentasteis

A la barbarie, con tenaz nobleza.

 

Vosotras, idealistas empeñadas,

Defensoras de la equidad: forzadas

Al ostracismo, por propios y extraños,

Sois las rosas, de espinas necesarias.

 

Mujeres cantadas por poetas, rehenes

De jábegas musicales; palabras

Deshojadas en sutil pentagrama.

 

Dónde, breve, el verso que os vindique.

Consustancial con el hombre igualado.

Cuándo el canto, sincero y voluntario.

 

Sale… se aleja de la puerta.

Se para un instante y respira profundamente.

Por vez primera, no arranca a caminar rápido.

Se queda ensimismado, como ausente.

Alza la mirada y de soslayo, observa

La antigua iglesia que hay junto a su casa.

Está solo a unos veinte metros y se alza

Altiva, subyugadora sobre el común

De los edificios que la rodean.

 

Los recuerdos y las preguntas le aprietan

Los pensamientos. Cuánto sufrimiento,

Cuánto dolor tras excesivo afán.

Y las visitamos y las gozamos.

Admiramos sus piedras, sus pórticos,

Sus serpenteantes columnas, sus capiteles

Y sus inalcanzables bóvedas… sin pensar en nada más.

 

Alguien clandestinamente, está escribiendo

En el muro lateral de la iglesia:

La que da justo a su calle.

Observa y cómplice vigila atentamente.

Espera que se marche, se acerca a la pared y lee:

 

Tebas, ciudad antigua,

La de las siete puertas:

¿Quién la construyó?

¿Acaso los Reyes arrastraron,

Los grandes bloques de piedras?

 

Fascinado, reconoce al tipo de la pintada.

Ya tenía sus dudas, cuando en el claroscuro

De la calle, reclinado sobre las rejas de su balcón,

-Para no delatarse- le pareció que, aquella nariz,

Aquellos pelos que, no necesitan de peines para ajustarse

A la amplia frente… le era conocido.

Observo en mi reloj de arena, un viento de Poniente.

Águilas de Titanio, emigran hacia el Oriente.

 

Tras mis párpados fusilan, con gasolina a mis vecinos.

Atrás rotos quedan, dromedarios, oasis y caminos.

 

Ojos de niños, imploran un verde sueño,

Que le caigan del cielo, -como en Berlín- caramelos.

 

La prostituida democracia, y su santo dictado,

Libres racimos arrojan, de muertes sin rostros.

 

En un pasquín se anuncia, la muerte de la Luna.

Tras las dunas se oculta, su faz clandestina.

 

Sed de madres, ahogadas por el oro negro.

Sus cabellos cristalizan, el dolor de su pueblo.

 

Oh, pozos artesianos, bordados en el firmamento.

Agua, agua de sal, moja los labios del desierto.

 

Pequeñas manos, riegan de fulgentes sueños,

La mágica alfombra, de la ciudad de los cuentos.

 

Mientras tanto, la palabra, descalzada a sangre y fuego.

Desterrada y cansada. Hastiada de enterrar a sus muertos.

Y me preguntaste… ¿cómo es tu vida?

Como propuesta de árbol, en un bosque lluvioso.

Un presentimiento, al abordaje del firmamento.

No es fácil conquistar la bóveda del tiempo,

Si antes fui semilla, en la tripa del murciélago.

Mis abuelos, ahogados, por trepadoras sin freno,

Me dejaron multiplicado, el espacio obligado.

Y, afirmándome,  bajo el dosel de la Luna,

En mis ramas se citan, diminutos insectos.

Bajando el laberinto, de mis retorcidos huesos,

El tucán se anida, prisionera de sus miedos.

Pasarán varios meses, en su voluntario encierro.

Nuevos latidos le permiten, ser pájaro de nuevo.

Los monos aulladores, sestean entre mis dedos.

Las orquídeas parásitas, asentadas en mi corteza,

Dan gritos de colores; al colibrí enamora.

La sombra que ya me abraza, por tenue luz herida,

Va dando pasos firmes, camino de la clepsidra.

Se descifra el musgo, en fino efluvio de sierpes.

Las lucífugas aves picotean mi providencia.

El perezoso se acicala en el venero de la epifita.

El jaguar me llama y se orina en mi cuna.

Bajo las olas del follaje, se abre paso una sonrisa.

La sentencia está visada: amor de enredadera.

Espero con ansiedad, la visita del murciélago.

Aquél día, andaba yo tan despistado

Que, amanecí en el living del cielo,

Muerto de ayer, -teatralmente resucitado-

Relucido, por gris silencio de frío estaño.

Con trémula luz, -nimbo de santos-

Observé mis dudas, con principal cuidado.

¡A ver! Llevo… las lentes de ver corto,

El mechero y el paquete de ducados

Y, el carnet del paro… caducado.

¡Bien…El móvil…el móvil lo he perdido.

Mis dedos están todos y el pantalón

Americano, roñoso y desgastado.

Qué más… ¡carajo, las gafas de sol!

-Sin ellas no distingo a los beatos-

La caja de condones que, me duran todo un año,

Y…un fino recuerdo sobre un andamio…

Me giré instintivamente hacia un lado

Y, sorpresa, tras una mesa, envuelto

En pálido ocaso, con dos alitas de pollo,

Soldadas a sus costados, estaba vigilando,

El mismo favorecido que, en el trabajo

Disfrutaba, delatándonos al empresario.

Apartando una nube, le pregunto por el encargado.

Con sonrisa de limón, me afirma refunfuñando:

Es nuestro Padre Supremo, el mismo,

Que nos ha creado, sea siempre alabado.

Yo le respondo, bastante escarmentado:

Que mi padre se llama Antonio,

Angulo para más señas y el Teclo, apodado.

Que siempre ejerció de campesino

Y nunca de encargado; un hombre bueno,

Sencillo y trabajador nato ¡nada de sagrado!

Viendo que en el cielo no existen lentiscos

-Y la verdad sea dicha, me estaba meando-

Me hice un paracaídas, con las plumas del chivato

Y a la tierra me lancé, como abono necesario.

De su poema Granada.

 

Qué les pasa a las manolas,

Que por la calle de Elvira,

Caminito de la Alhambra,

Como un manojo de lilas,

-Deshojando las esquinas,-

Las vi, pasar tan contentas.

Y, ahora, ensombrecido el día,

Retroceden como locas;

Llorando sal por sus venas;

Trenzando sus penas negras.

 

Aventajando a las garzas,

Interrogué a la paloma:

Si el espejo de la Luna

Causó cerrojo a su cita.

 

Las manolas no contestan;

Sus pañuelos no se agitan.

 

La del vestido esmeralda,

Se acurruca a la de malva.

Labios mordidos de rabia.

Brunos cabellos se arrancan.

 

La casa de los rosales,

Donde anidan cinco flechas,

La muerte azul examina,

La trémula verde rama.

 

La corola de alta cumbre,

La más cimera montaña,

Mulhacén de la concordia,

Everest del Himalaya:

-El mismo que las tres aman-

Como alas de mariposas,

Su sangre dorada baja,

Por las piedras de Granada.

 

Un vaso de odio y venganza,

Colmado de España antigua.

No soporta la esperanza,

Del gitano que hondo canta,

En la fragua de su vida,

Dolor verde de aceitunas.

 

Las tres coquetas manolas,

No volverán a la Alhambra,

A ofrecer flores redondas.

Las tres y las cuatro solas.

 

Aquel barrio, de aquella España… era mi barrio, la Jarcia.

Su frontera con la ciudad, una profunda cárcava.

Dos niños en su borde, acompasado se hablan,

Iluminados por bombillas, de obra, pintadas.

 

Al otro lado cintilan, las calles adoquinadas,

Y el teatro y el cine y las niñas emperifolladas.

Grande, el dolor que se derrama. Perdidas las golondrinas.

Empozan esperanzas, bajo el cielo de sus bocas.

 

Silencio. Bailan sus sombras de hambre delgadas.

Los remiendos de sus ropas, cicatrices que acompañan,

Al ritmo de sus piernas, de granos y alpargatas.

Leves, rozan sus cabellos; piojos se intercambian.

 

-Te cambio mi trompo, por Diestéfano y Kubala.

-¡Sí, vamos! a ver si te crees que me chupo las babas.

-Anda…y te doy cuatro bolas, dos de china y dos de cristal.

-¡De eso nada! éstas son las últimas que, a mi colección le falta.

 

En casa les espera, el olor a madre y la palangana.

Desconchados, el jabón verde y el estropajo bailan.

Sus estómagos desocupados, columbran, el vacío de mañana.

Es hora de dormir y el olor a padre, desgajado de sus miradas.

 

¿Mañana? el espanto, de una escuela regentada,

Por hermanos lasalianos, cristianos de los que ganan.

Sus gestos sarmentosos, santiguan sus babas.

Con hisopos sobajan, la fresca ternura.

 

El viento de la consciencia, borró el pez de plata.

Sedientos. Verticales  gritos, escupieron sus gargantas.

Obscurece. Las estrellas al cielo, le han sido sisadas,

Por hombreras y bocamangas, salvadores de la nada.

 

Corazones sibilinos; gusanos de manzanas.

De la infancia escasa, trepanan la inocencia.

Por suspirar te excomulgan, por soñar te condenan.

Se jubila la Luna; amortece la venganza.

Qué les importa a ésa gente, el dolor que no le gasta.

El viento que te hiela, el humo que te ciega.

En la trinchera las pulgas, los piojos y la metralla.

Y el hambre y el miedo y si te mueres y si te matan.

 

Así es la guerra, un enorme Océano de mierda;

Y olas y olas de putrefacta carne humana.

Alentados desde lejos, por parásitos de cámara.

Cultivan crespones negros. ¡Maldita prosapia!

 

Desparramados, ojos y pies y manos se encallan.

Es la foto descolorida, de una historia atravesada.

La guerra es así: una sanguinolenta lágrima;

De árboles segados, de primaveras truncadas.

 

Y tú, y yo, frente a frente, con la bayoneta calada.

Tú, con tu idioma, de vendedor de alfombras.

Yo, con mi jerigonza, de Occidente disfrazada.

Saturados los fusiles. Enmohecida la memoria.

 

Los pájaros carpinteros, burilan un pentagrama.

Es, el árbol único, donde habita, la sola esperanza.

Del blanco desposeído, por la carcoma de las armas.

 

Quién dispondrá las notas; quién lavará el agua.

 

Y… si te lo digo bajito… con furtivas palabras.

Que a machete limpio se abre paso la farsa;

Que la verdad desvanece y soñolienta deriva.

 

Quién racimará los ecos; quién asperjará sus lágrimas.

 

Y… si te lo digo gritando… con libérrima facundia.

Que en los cuarteles enaltecen, la muerte y su miasma.

 

Los tambores descifran, espolones de injusticia.

 

Quién escarbará lo imposible; quién jubilará la caspa.

El dolor que se sufre toda la vida

Esculpió la estatua, del placer que

Dura un instante.   

                                               Óscar Wilde.

 

 

Cae la tarde; duerme el lago.

Vetas de nubes cobrizas

Vierten sonrisas de sol.

Los colores se armonizan.

 

Verdes juncos acarician

Trozos de Luna quebrada.

Lloran la triste noticia

Que se anuncia en papel de agua.

 

Amanece; el lago invita.

Sus olas cardan la bruma

Que a jirones se derrama

En la insolente espesura.

 

Hermosura de alabastro

Enamorado contempla

Al corazón que así mismo

Doradas flechas señala.

 

Narciso tanto se adora

Que al contemplar su belleza

En un ataque de envidia

Su flor ahogó de tristeza.

 

Las Oréades gemidoras

Por su amado se interesan.

Desgranando con la vihuela

Del bosque la fluorescencia.

 

Ya no hay ojos que reflejen

Aquél mirar de doncella.

Guarda su ornato la flor

En la sal de las estrellas.

 

Orfeo con su voz de flauta

Convoca  asamblea de frutas.

La plaza ya está preñada

De musicales aromas.

 

A dentelladas escarbé

La tierra, hasta alcanzar su centro.

Y fundí, mi acerada causa,

A su flamígero convento.

 

Mi cándida intención no fue otra

Que, la de amparar con mi gesto

A que, el periplo misterioso

Del alzado polo magnético,

Mantuviese firme su aliento

Y, hacia el ártico  Señalando,

Sus deshilachados cabellos.

 

Alimentar la flauta mágica

Es el más delicado precio

Que, nos exige, la azulada

Perla: aljófar del universo.

 

¡Ay! el Sol. Sus ardientes ojos.

Siempre jugando a no encontrarse,

Y, siempre, siempre explorándose

-En el solsticio del desierto-

Las doradas teas de su nombre.

Australes emperadores

Como cuerda de presos

Deslizan sus tardos pasos

Por el cristal del invierno.

 

Sobre sus pies, la vida,

Principia el glacial resuello.

 

De la severa tormenta.

De la larga noche, el tiempo,

Que han de anticipar estoicos

La balanza de sus cuerpos.

 

Suenan los cimbalillos.

Silva la piel del viento.

Como escudo romano

Apelmazan sus huesos.

 

Vuelan, vuelan sin alas,

Suaves versos submarino.

Aire bajo sus plumas

Aceleran su ritmo.

 

Bajo el escudo soñado,

Riela, un frágil destino.

Y aconteció el milagro. Lázaro renacido.

Cien millones de niños al año fallecidos.

 

Y aconteció el milagro. Un lisiado sanado.

Infinitos muñones empantanan los campos.

 

Y aconteció el milagro. Panes multiplicados.

De injusticia y pobreza, los pesebres colmados.

 

Florecida una virgen. Aconteció el milagro.

La oblación de las rosas. Su color mancillado.

 

En los templos cincelan manuscritos de cobre.

Las favelas se adoban con asbesto y adobe.

Del norte áspera nieve.

De cactus cálido sur.

Entrambos sol y lluvia

Y profunda herida gris.

 

Norte y sur.

 

Y la columna sangrante

De un dragón que se encorva.

Con cabeza de algodón

Y de cáñamo la cola.

A la muerte quisiera

Asirla por el cuello

Arrancarle la lengua

Y escupirla por dentro.

 

Mortalmente a la espera

Con vieja puntería.

Antes de que nacieran

Partió de la armería.

 

Si los niños se afanan

En crecer por sus sueños.

Dolosa sus pisadas

Atesoran lamentos.

 

Se precisan sonrisas

No importa los colores

Si se pintan con tizas

El cristal de las flores.

Deja que me arrellane

En mi propio silencio.

Que los signos den paso

Al son de los sentidos.

 

Que la vida resuelva

En su sorda caída,

La música prevista

De mi soledad de agua.

 

Que los sueños prescriban

De los nudos sus ecos.

Y que la brisa peine

Mis macilentos párpados.

 

Así, limando bordes

Por el ramal del tiempo.

Las frutales palabras

Morarán en la nada.

Porque me asfixio.

Buscándome, desnudo las esquinas.

Remuevo los escombros del futuro.

 

Tendida en la frontera de las flores.

La esperanza deriva su sonrisa.

Hacia el otoño.

 

Escarbo y lo hacedero me abandona.

Negra es la rosa que oculta la fronda.

Cercana la penumbra que hiere mi soledad.

 

Sumergido en la sed que ocupa mi tristeza.

Sin brazos que sostengan lo imposible.

Tal vez oscuridad y falso cielo.

 

Renunciándome.

El vacío se elevó tras mi universo.

Y el candil que alumbraba las heridas.

 

Dehiscente mis cenizas; eximido

De mis deudas: los dados tiro, y pierdo.

Ab intestato.

Cuando la tierra se repite.

Se acarician nuevas haciendas.

¡No importa lo crecida que sea!

Cuando a los ojos se repite.

Cuando el dinero se frecuenta.

Crimen Solicitacione.

 

Sentada en el banquillo ¡en valiosa hora!

Desvestida su piel simuladora.

Frente a toda verdad inculpadora.

Obra, la hipocresía encubridora.

 

-Aquél niño de doce años.

 

Pavonan su falaz descompostura

Amparando la hiel de su negrura.

Gargajeando la faz de la cordura

Quebrando la niñez y la frescura.

 

-De vocación monaguillo.

 

Buitres que anidan, bajo palio púrpura.

Efluvios, sangre y rezos; la mixtura.

Sazonando con babas; la ternura.

Ajando de las flores; su hermosura.

 

-Carne de confesonario.

 

Al común de los juicios le sulfura

Tal podredumbre: escrófula figura.

Yo… los maldigo a todos sin fisura.

No se alivia el quebranto que hace el cura.

 

-Señalado su destino.

Al/ fin/ la/ luz/ sin/ cruz.

Sin/ cruz/ la/ luz/ al/ fin.

Así eres tú.

Como una gota de agua

Presa en sal diamantina.

Que abismada en la tierra:

Demora su momento.

Así es la vida.

Llamadme traidor, por no emocionarme
Vuestras banderas; por no arrodillarme;
Por declinar una España, de águila oxidada;
Por no disfrazarme, con traje de patria.
Nuevos valles, acogerán el cuenco de mis versos,
Y la semilla de calabaza que, compendia,
Todo el conocimiento del Universo.
Llamadme cobarde, por la insumisión elegida.
Insumisión que testimonia, sombras, sobre sangre vertida.
Qué importa que, vuestras cenizas de olvido, ambicionen,
Sofocar el rescoldo, de la memoria en que habita.
Nuevos aires cimeros, aventarán los viejos tiempos,
Y me sentaré, en la mesa de vuestros enemigos,
Y besaré, las mejillas sonrosadas de sus hijos.
Y sembraré, futuro de alas en nuestras vidas.
Llamadme apátrida y acertaréis; cabalgaré
Sobre las pálidas nubes, borrando fronteras.
Alimentaré de memoria, los sueños, de los sin tierras.
Llamadme negligente, por negaros mi voz;
Por vedaros el derecho a suplantarme;
Por rechazar con rudeza vuestro sistema:
Pretensión obstinada, de pintarme a vuestro
Arbitrio, en el cuadro de la historia.
Cuando pasee, saboreando mis calles,
Señaladme, sí; decid: ahí va el anarquista;
El ateo degenerado, disoluto y libertino;
El que nunca, esta de acuerdo en nada;
El que ataca, la moral de las personas decentes.
Me estáis significando, el correcto camino.
Escupid, escupid al pasar, mi gesto libertario:
Puños que despiertan la sangre dormida.
Vuestra saliva me subraya, el sendero equivocado.
Cuando me emplacéis para la guerra,
Yo convocaré el consejo de ancianos.
Y, entonces… me llamaréis terrorista.
Llamadme también extranjero, porque…
Mi patria es el mundo y, mi familia, la humanidad.

SALUD, ANARQUÍA Y REVOLUCIÓN SOCIAL

Pepe Gómez   Puerto Real

Y convocaremos a los pueblos siux.

Y los tipi, serán bosque en las llanuras.

Y emplazaremos a los mapuches.

Y la araucaria, esplenderá con sus cantos.

Y llamaremos a los chiricahuas,

Y sus ecos, traspasarán las montañas.

Y nos expondremos tal como somos.

Y el gran espíritu dibujará su presencia.

Y apelaremos, a las seis naciones iroquesas.

Y sentaremos junto al tótem, de la gran casa larga.

Y todos hablaremos, el lenguaje de la solidaridad.

Y lo necesario, será cortado, cultivado y cazado.

Y cantaremos agradecidos, a la pacha mama.

Y fumaremos la pipa, del combate obligado.

Y los agrietados rostros, serán pintados, con los colores del iris.

Y la mano amarilla, en las ancas de nuestros caballos.

Y en la cúspide de cada montaña, prenderemos un fuego, y signo, cuyo humo anude los cuatro vientos;

Y nos anuncie, nuevos tiempos que preceden;

Y nos determine, impasible, el atajo del Universo.

 

Pepe Gómez    Puerto Real

 

Busco mi patria en la noche estrellada,

Y mis ojos se ciegan con tantas mentiras;

Orlan el firmamento espurias palabras:

Espejos de feria, que desfiguran.

Busco una patria de helechos y ventanas,

Pequeña, no importa… con su cocina;

Aunque ausente el mar esté de ella,

Espigue el dorado, calor de mi familia.

 

No tengo casa y decido tomarla.

Son muchas y grandes, las que están vacías.

Sin salario comprarla, ya no se me alcanza.

Privilegio de unos pocos, es esta patria mía.

Ya llegan raudos, con la orden los guardias;

Me amenazan con cárcel y severa justicia,

Si no abandono la inhabitada morada,

Que pertenece a la fausta, doña oligarquía.

 

Son miles, las residencias desocupadas.

¡Qué importa de la gente su agonía!

Si solo somos, restos de sus basuras,

Y, la especulación, el arte de sus mentiras.

Más tarde nos convocan a la sucia guerra

Al frente nos manda, doña oligarquía.

¡Hay que defender la hermosa patria!

La de sus propiedades, y la de su familia.

 

Pepe Gomez  –  Puerto Real

 

Ya no sé si hago bien al escribir lo que siento

Y si  con mis palabras alcanzo el objetivo

De acomodarme modestamente en el asiento

De próceres y pobres escuetos en el verbo.

Me enerva los altivos y pretensiosos versos

Que anhelan espejos de rostros inmaculados

Y se ufanan de un lenguaje de oro rehilado

Como expresión de las vanguardias de un solo paso.

 

Cuando paseo, paseo y no lo hago en abstracto.

Por las vías y por los campos yo siempre respiro

Óxidos que chirrían y amapolas peleando

Su espacio con ortigas celosas de su canto.

 

Cuando paseo, paseo y sin duda contemplo

Nubes que son encaladas por  los suaves vientos

Que se ayudan con las ramas de los verdes pinos

Pincelando de rocío los secos caminos.

 

Pero al contemplar tanta belleza veo al furtivo

Que sus trampas las camufla bajo los lentiscos

Y lo hace a escondidas porque está prohibido

Cazar animales en el privado cortijo.

 

Y cerca de las vías junto a la vega un cabrero,

Conduce la piara junto al alambrado cerco

Que les impide alcanzar brotes de tiernos pastos;

Despojado, de las cañadas de sus abuelos.

 

Yo le canto al sufrido jornalero

Que de sol a sol  varea los canos olivos

Por un eventual y miserable salario

Insuficiente para alimentar a los suyos.

 

Y a niños que duermen en calles sobre cartones

Prostituidos y con su dolor desamparados

Que esnifan pegamentos para aliviar sus sueños

Logrados y vendidos como pecio de un naufragio.

 

Yo le canto al pobre y noble indio americano

Sustancia que en la tierra se funde en lo armonioso

Limo fecundado por los jaguares ancestros

De cuerpos de cobre- ámbar, y almas de platino.

 

Sus pueblos continúan padeciendo a fuego

El robo y la expropiación fielmente concebida

Del capital traidor, mórbido e infrahumano

Que acaudala el Dólar Fondo Monetario.

 

Yo les canto a las madres palestinas; oprimidas

Por los otros, por los suyos, por nosotros. Todos.

Madres que lloran su parto en futuras cunas

De niños que crecerán y morirán por Palestina.

Todos con nuestras banderas mezclamos cementos:

De muros de lamentos que enfrentan a los pueblos

Creando fronteras con los mártires inmolados

Por el poder sempiterno de Iglesias- Estados.

 

Reniego la poesía que para el propio embeleso

Espolvorea cantos sobre paisajes sin rostro

Con la miel rebuscada en el panal más profundo

Que endulce el paladar del léxico más espeso.

 

Ya no sé si hago bien al escribir lo que siento

Y si  con mis palabras alcanzo el objetivo:

La poesía no ha de ser según yo creo y pienso

Una espiral horizontal sin alma y sin filos.

 

Pepe Gomez – militante de CNT Puerto Real

Si todos del mismo origen, explotamos en el universo,
Y, por autopistas galácticas, navegábamos, por el espacio tiempo,
Hasta que, la tercera y azulada esfera, golpeada por la luna, permiso
Recibiera, para que del fondo de sus océanos el calor le diera aliento.

Si transcurrido millones de años decidieron nuestros ancestros,
Normas y leyes de obligado cumplimiento, infestadas por helmintos,
Que al ser humano socava en sus carnes y en sus sueños;
Postrándolos sumisos ante la tumba del silencio?

Como el polvo estelar que se ayunta en los cielos,
Creando nuevos astros al socaire de sus vientos.
Los humanos construiremos, graves ideales de aceros,
Que a la postre forme el núcleo de unos nuevos cimientos.

Sobre el que se asiente fértil, cortezas de nuevos tiempos.
Donde las fronteras sean nubes siempre en movimiento,
Cargadas de puras humedades que apaguen la sed de fuego,
De aquéllos que ahítos de grandezas enfrentan a los pueblos.

Si el hombre creó a dios a su imagen y parentesco
Y en él afirmó el poder la injusticia y el rencor…
Recordemos nuestros orígenes, complejo por sencillo:
Somos un golpe de la Luna y un capricho del Universo.